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06/07/2006
Y SONÓ LA JOTA EN LA KARAKORUM HIGHWAY...
Una vez más, y sin saber cuántas van, me despierto de nuevo sobresaltado. No sé si esta vez ha sido un volantazo, un bocinazo o la exclamación de angustia de alguno de mis compañeros. Y es que de nuevo nos encontramos en una de las carreteras más famosas e impresionantes del mundo: la denominada en inglés Karakoram Highway. Sinfonía de colores, de cláxones, de controles policiales, de gente por todas partes, o mejor dicho de hombres, puesto que es escasa la presencia de mujeres en estas zonas. Hace dos días que llegamos a Pakistán y sin lugar a dudas, ésta ha sido una de las cosas que más han impresionado a nuestro grupo; por mucho que se haya leído sobre el país, estas cosas no dejan de llamarnos la atención... Los primeros días de expedición siempre son iguales: trámites burocráticos, negociaciones con la agencia local, y sobre todo intentar hacerse con las costumbres locales lo antes posible, que en un país musulmán como Pakistán implica entre otras cosas no poder beber en las comidas más que cerveza sin alcohol o coca-cola. Aunque en esta ocasión la calurosa recepción con que nos ha obsequiado la Embajada de España en Islamabad ha hecho la cosa más llevadera y entre tortilla de patata, vino tinto y cerveza normal y corriente, se han cogido las fuerzas necesarias para afrontar el trago de la Karakorum con más entusiasmo. Recuerdo cuando hace diez años los miembros del Grupo Militar de Alta Montaña acometíamos esta carretera con la incertidumbre de cuántos días nos costaría por los corrimientos de tierras que nos habían avisado que encontraríamos. Ahora como veterano se ven las cosas de otra manera, pero no por ello dejan de sorprenderme; y en la mirada de los compañeros del Club Pirineista Mayencos, que nos acompañan en esta ocasión, leo muchas de aquellas sensaciones vividas con anterioridad. Apenas ha cambiado algo la fisonomía de esta arteria vital para este país y que le une con el gigante chino; sin embargo, por desgracia al paso por la zona de Bagram contemplamos con angustia las señas de identidad del terremoto que asoló esta zona hace unos meses: casas derruidas, tumbas, miradas vacías, algún que otro coche de organizaciones no gubernamentales, campos de refugiados...y creo vislumbrar también cierta resignación, el sentimiento de aquél acostumbrado a sobrevivir día tras día en esta inhóspita zona del planeta y a aceptar los avatares del destino. Pero hay otra cosa que nos sorprende y que no observamos hace diez años: son incontables el número de camiones que nos cruzamos cargados de madera , así como el de camiones chinos que cargados de mercancías de todo a cien nos cruzamos, y que nos indican las señas de identidad del comercio que caracteriza esta ruta. Sin embargo, el tránsito por la zona pastún o patán nos deparará una sorpresa de última hora, y es que la llegada a Chilas, punto intermedio del trayecto, entre las últimas luces del día, nos obliga a realizar escoltados por la policía los últimos kilómetros de la jornada. Cansancio y sobresalto se unen en el ambiente, lo que da pie a intentar relajar la tensión con alguna canción, y tras alguna melodía del país la jota del baturro de José María brota con todo su esplendor. Al día siguiente los huesos entumecidos sufrirán una nueva jornada de calvario y entre los estruendos del Indo alcanzáremos sin novedad el final de este viaje: Skardú.

BALTORO A LA VISTA!
Me introduzco en el saco de dormir destrozado, cansado de un largo viaje en todo terreno por pistas imposibles, de vértigo engañado, de parajes inolvidables. Ninguno llevamos carretes de fotos suficientes para intentar enseñar lo que hemos tenido la suerte de contemplar, y sobre todo los sentimientos que atraviesan la piel... Y es que el trayecto de Skardú a Askole que ahora se realiza todo en coche nos sorprende por su grandeza y su belleza, pero si algo nos ha calado más hondo y nos ha empequeñecido aún más, han sido las escenas vividas al entregar en esta población a los niños del lugar los jerséis y anoraks que hemos traído donados por el Candanchú Esquí Club. En España nos las prometíamos felices: ...tenemos más de 100 prendas, si las entregamos en alguna zona pobre se alegrarán... Askole, última población antes de comenzar el trekking del Baltoro, tiene en la actualidad más de 600 habitantes, y de ellos, 270 son niños, de los cuáles escasamente 97 están escolarizados. Con estas cifras es fácil imaginar la situación a la que nos tenemos que enfrentar. Intentamos realizar el reparto de la manera más metódica posible y con la ayuda del maestro de la escuela comenzamos a repartir la primeras prendas, pero pronto la situación y la necesidad nos desbordarán, los instintos de supervivencia afloran y nos vemos obligados a recluirnos en la escuela como fugitivos de una situación irreal; allí con el corazón encogido entregaremos las últimas ropas que nos quedan... Con los recuerdos de las situaciones vividas emprendemos al día siguiente las primeras jornadas del trekking. Polvo, calor y la sorpresa a la vuelta de cada recodo de la senda. El estruendo de aguas tumultuosas que arrastran un mar de piedras nos acompañan hasta que alcanzamos el primer lugar de acampada, Jola. Otra sorpresa, desde el año 2003 se han construido letrinas, duchas, aseos, se han colocado papeleras y se dispone hasta de luz artificial. Por lo menos el impacto medioambiental se ha visto reducido aunque habrá quien opine que la contaminación visual del lugar que se genera, también debe tenerse en cuenta. Creo que cualquiera de los que visitamos estos lugares hace unos años recordamos la degradación que sufrían entonces. La siguiente etapa la afrontamos con decisión, sabemos que tras ella nos espera una jornada de descanso y la posibilidad, si nos acompaña el tiempo, de poder ver las primeras catedrales del Baltoro. La llegada a Paiyu no nos defraudará y cansados pero satisfechos podremos contemplar el comienzo del Baltoro con sus mudos centinelas de piedra a su lado. Paiyu también ha cambiado y satisface encontrar un lugar superpoblado como éste totalmente tan acondicionado; tanto está creciendo que hasta los mismos porteadores con sus donaciones están construyendo una mezquita para poder profesar sus plegarias chiítas antes de entrar en el hielo del Baltoro como hacían con anterioridad. Mañana, seremos nosotros los que daremos nuestros primeros pasos sobre los hielos del Baltoro.
10/07/2006
LAGRIMAS DE HIELO E IMPOTENCIA
Cuando la camilla de circunstancias que hemos tenido que preparar para transportar a un porteador herido desaparece en la lejanía, sentimientos encontrados embargan a nuestro grupo. Una vez más la cruda realidad que acabamos de afrontar ha superado nuestros corazones occidentales. Tras el obligado descanso de Paiju nos introducimos en el glaciar del Baltoro, el cuál será nuestro compañero inseparable en los días siguientes. Día largo y duro, pero precioso; de poder contemplar espectaculares catedrales de roca, de torres altivas y desafiantes…La llegada a Urdukas, punto final de esta jornada, será escalonada y habrá quién se la ha tenido que tomar con más tranquilidad. De hecho han comenzado las primeras incertidumbres en algunos, en comenzara preguntarse si serán capaces de conseguir llegar a ese lejano Campo Base de los Gasherbrum. Sin embargo, la facilidad con la que al día siguiente se alcanza Goro II hace renacer las esperanzas, y junto con los ánimos que da el haber disfrutado de un día espléndido, todo se ve con un prisma distinto. Pero estamos en el Karakorum, y de nuevo la grandiosidad de estos parajes viene acompañada de una realidad distinta a la que estamos acostumbrados. Nos avisan que ha tenido un accidente en el Broad Peak un porteador de altura pakistaní de una expedición polaca, al que llegando al Campo I una piedra le ha golpeado una pierna, y que lo están evacuando a caballo; tranquilamente esperamos su llegada con total inocencia. Fractura de tibia y peroné, el supuesto caballo son las espaldas de su hermano y el riesgo altísimo de perder una pierna si no se le evacua en condiciones. Mientras nuestro médico atiende al herido solicitamos a Islamabad la evacuación en helicóptero. La respuesta nos deja incrédulos y perplejos; su expedición y el resto de expediciones en el Broad han decidido el que no sea evacuado en helicóptero y por lo tanto se desestima nuestra solicitud. Nos ponemos en contacto con nuestra Embajada para que a su vez intente forzar la evacuación con la Embajada polaca. Será inútil y a pesar de la rápida gestión de nuestro embajador y de que como es habitual por desgracia, otras expediciones han hecho la vista gorda, decidimos afrontar nosotros mismos la situación. Por ello y conscientes del riesgo que implica el que continúe su transporte en pésimas condiciones, acordamos el abonar los porteadores necesarios para proceder a su evacuación en camilla. Rabia, indignación, impotencia, asombro, perplejidad… pero también el corazón agradecido del resto de sus compañeros. Cuando por la mañana todos los porteadores vitorean agradecidos a nuestro médico y nuestra expedición más de uno tenemos que intentar ocultar esas lágrimas que al caer al glaciar rápidamente se convierten en hielo. Como dice el cantautor serán un cardenal más de los funerales de nuestro corazón.

SENTIMIENTOS A FLOR DE PIEL
Tal vez sea que los acontecimientos pasados con el porteador de altura paquistaní nos han dejado más sensibles, o a lo mejor será que lo que nos quedaba por vivir simplemente ha hecho que esto sea así: ¿O qué sucede cuando en un día espléndido bajo un cielo limpio, sin una sola nube, alcanzamos la majestuosidad de Concordia y se nos revela colosal e inmenso el K2? Algunos se abrazaran, llorarán y bailaran de alegría. ¿Y qué sentimientos afloran cuando en la grandiosidad de Concordia y en el interior de la pequeñez de una tienda se guarda un minuto de silencio y se canta una jota en memoria de los aragoneses fallecidos en 1995…? ¿Qué emociones estallan cuando se vislumbra por vez primera tras diez años, el altivo GI y la presencia de nuestro compañero fallecido se evidencia con mayor fuerza? ¿Qué aflora en los corazones de todos cuando finalmente se cumple ese sueño añorado e imposible de alcanzar ese lejano Campo Base de los Gasherbrum? ¿Y qué descansa en el interior de uno cuando se cumple ese objetivo de honrar la memoria en forma de placa, del que se nos quedó un 17 de julio de 1996: Tte. Manuel Alvarez, per aspera ad astra ? ¿Qué se muere en el alma cuando un amigo se va?
Sí, hoy finalmente tras muchos días de intensa convivencia nos hemos quedados solos y comienza de verdad esta expedición.
12/07/2006
15/07/2006

ESPERANDO LA MEJORIA DEL TIEMPO
Segun contactos telefonicos mantenidos con la expedición, estos dias se encuentran en el Campo Base esperando una mejoria del timepo, que esta prevista para el domingo. Todos se encuentran en perfectas condiciones. Los componentes del Treking ya se encuentran de vuelta.
En la fotografia se les ve rodeados de jamones y chorizos practicando telemedicina
OFICINA DE COMUNICACION DEL GMAM
CONFESIONES EN LA COCINA
Los días de mal tiempo en un Campo Base siguen siempre una tónica similar, aunque por fortuna, siempre puedan haber momentos que rompan la monotonía de la rutina diaria. Son días de descanso, de relajación y de nostalgia, de hablar mucho o de leer mucho, según se lo pida a uno el cuerpo. Cuando sobre las 0430 h comienzan a dar sobre la tienda los primeros rayos de luz del día, uno agudiza el oído intentando averiguar si esos copos de nieve que desde el pasado día 12 golpean insistentes la lona de la tienda han parado durante la noche; y la triste confirmación, obliga a prepararse mentalmente para una nueva jornada que comienza, en ese preciso momento, arrebujándose en el saco de dormir e intentando afrontar con las mayores ganas posibles el nuevo día de Campo Base. Hacia las ocho de la mañana, con la puntualidad que de nuevo te pida el cuerpo, nos juntamos en la tienda comedor. Tras el desayuno, unos se dedicarán al aseo, otros al lavado de ropa, otros se enzarzarán en animada polémica si el tema del día da para ello…A veces, como ayer, el requerimiento de la presencia de nuestro doctor por parte de la expedición “andaluza-riojana-extremeña”, será la excusa para pasar toda la mañana con ellos y debatir sobre temas de actualidad. Otras veces el cumpleaños de algún miembro de la expedición, como sucede hoy con el de Quique Rapún, servirá para preparar con ilusión una comida especial y hacer brotar un rato entrañable entre nosotros. Por la tarde, los íntimos momentos de cercanía que proporcionan los correos y llamadas de los nuestros, serán los que, sin duda, más nos harán cargar las pilas. O también, esos comentarios de ánimo y apoyo que leemos en la web de la expedición; y por supuesto esa noticia ansiada y esperada que nos confirma que nuestros amigos del trekking han alcanzado sin novedad Skardú, tras cruzar ese espectacular paso, que tan lejano vemos ahora nosotros, del Gondogoro La. Sin embargo, hay un momento del día, institucionalizado ya en anteriores expediciones, que suele depararme momentos de profunda reflexión y cierto misticismo. Es en ese momento mágico del atardecer, en las horas que preceden a las primeras sombras de oscuridad, cuando fiel a mi costumbre suelo acercarme a la cocina a conversar con nuestro cocinero y su ayudante y echar un té mientras intento aprender alguna palabra de su lengua o acercarme algo más a su forma de vida y de pensar. Normalmente estos momentos de confraternización deparan en mí reflexiones profundas y suelo acostarme con ellas. Son vidas ejemplares, de abnegación y sacrificio, de dedicación, de superación y de tantos y tantos valores que en ocasiones olvidamos en occidente. Zulfi, nuestro cocinero, tiene 32 años y dos hijos. Posee esa mirada alegre y vivaz de las personas inteligentes que he podido observar en otras ocasiones en estas tierras. Su barba recortada y cuidada delata sus profundas convicciones religiosas; es ismailita, originario del valle de Hunza, lugar donde se profesa con mayoría esta confesión. En un inglés muy aceptable, aprendido en su trato con los turistas, me habla de las costumbres de su tierra, del desconocimiento que tenemos de esa zona norteña de Pakistán donde las mujeres no van tapadas y trabajan en igualdad de condiciones que los hombres; del desasosiego que como consecuencia del 11 de septiembre impera entre ellos, y de no sentirse queridos por nosotros; me relata sus expediciones y sus viajes al sur del país para buscar trabajo, cuando acaba la temporada de verano. Recuerda, con cierta nostalgia, los meses que estuvo trabajando para Naciones Unidas en Cachemira, realizando tareas de valoración de daños del terremoto, y donde por primera disfrutó de un sueldo en condiciones. Hablamos de política, de religión, de comercio y de futuro, de relaciones entre países y de acuerdos; me cuenta por ejemplo, que como consecuencia de los lazos establecidos tras siglos de comercio a caballo de la antigua ruta de la seda, para los habitantes de su provincia no es necesario tener visado si visitan la región china del Xichiang. Y también me habla de educación, del verdadero motor de esa vida sacrificada que lleva y que le obliga a estar meses sin ver a su familia, de esa esperanza, que también he encontrado en otros países, de que sus hijos vivan una vida mejor que comienza precisamente por tener la posibilidad de estudiar lo que ellos no tuvieron oportunidad. Y para ello, me confiesa, al próximo año ha acordado con su mujer trasladarse él sólo a Islamabad y buscar un trabajo mejor remunerado, algún puesto en alguna embajada o donde pueda conseguir un sueldo aceptable; por apenas 100 ó 200 euros al mes, en el mejor de los casos, está dispuesto a ver a su mujer y sus hijos una vez cada cuatro o seis meses… Adil, el ayudante de cocina, tiene 22 años, se casó con 15 y ya tiene tres hijos. Es originario de Machulo, un pueblo de unos 700 habitantes del valle de Hushé. Su fisonomía dura y sus toscos ademanes son la muestra del agudo contraste que se vive en estas tierras. En un críptico inglés me dice que en su pueblo lo normal es tener unos nueve hijos y que él cree que se quedará en cuatro. Por un momento me remonto diez años en el tiempo y recuerdo cuando nuestro porteador de altura nos invitó a comer en su casa en Machulo al final de la expedición. Era un pueblo cuidado y rodeado de verdes huertas, con multitud de niños por las calles; sin escuela, donde los inviernos son largos y muy duros. Ahora, me dice con orgullo, los niños van tres años a la escuela y han construido nueve mezquitas. No salgo de mi asombro, nueve mezquitas; incrédulo le pregunto cuántos líderes espirituales hay en su pueblo y me contesta que unos veinte… Tras la cena, y mientras algunos se quedan viendo una película en el ordenador, me meto rápido en el saco y me sumerjo en un sueño profundo, dónde por un lado aparecen una tierra y una gente que anhela mejora y progreso y por el otro un Pakistán profundo, detenido en el tiempo del siglo XXI. Cte. Alberto Ayora
Grupo Militar de Alta Montaña.21/07/2006
BAJANDO AL BASE A DESCANSAR

Todos los expedicionarios nos encontramos en perfectas condiciones en el Campo Base tras haber montado el Campo III a 7000 m. Os enviamos estas fotos y mañana os contaremos nuestras experiencias. Muchas gracias a todos por los ánimos y vuestro apoyo.
Abrimos con ilusión el blog en cuanto podemos.
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CAMPO III
Los últimos metros antes de alcanzar el Campo III se nos hacen largos, muy largos. Mentalmente elijo el estribillo de alguna canción conocida y la repito una y otra vez: “…bucearon contra el Everest y se ahogaron…” No deja de ser una paradoja, que se convierte en un sutil intento de escapar a la realidad y a ese aire leve al que intentamos extraer la última gota de oxígeno. Por fin, tras sacar el jumar de la cuerda fija, unos pasos vacilantes nos conducen al emplazamiento del Campo III, ese campo que puede ser la clave del éxito si el tiempo nos acompaña. Sin embargo nuestra llegada es desalentadora; los únicos que encontramos son dos montañeros de una expedición comercial que han visto, como en la canción, ahogadas sus ilusiones. Nos damos cuenta que sólo hay una tienda en condiciones; lo que queda de este campo son tiendas desgarradas, otras enterradas, cartuchos de gas y comida esparcidos por la nieve, restos de material que el viento ha diseminado por todas partes… A esta altura, el tiempo y nuestros movimientos fluyen despacio, pero pronto, tras un breve descanso, comenzamos a colocar una de las tiendas que llevamos. Arrancamos a la ladera una exigua plataforma y nos esmeramos en fijar la tienda lo más concienzudamente posible con bolsas de nieve enterradas y estacas, mientras por un rabillo del ojo echamos rápidas miradas hacia esa cumbre que adivinamos cercana pero que las nubes no nos dejan ver. Por el otro, de vez en cuando, vislumbramos entre jirones de niebla ese Campo Base que, dos mil metros más abajo, nos parece ahora muy lejano. A ese Campo Base habíamos llegado hace escasamente 11 días y del mismo, el día 12 de julio, partía uno de los miembros de la expedición afectado por problemas de salud. Con José Mari Castán, se marchaban una vitalidad contagiosa y un espíritu de trabajo en equipo envidiable, pero como siempre estas grandes montañas han impuesto su ley inexorablemente. El mismo día de su partida, por esos azares del destino, coincidiría con un cambio de tiempo, que nos mantendría anclados en el Campo Base hasta el día 17. Serán la sensible mejoría del tiempo a partir de ese día y el ansia de la inactividad, las que nos lanzarán a toda la expedición a intentar llegar lo más alto posible que la aclimatación y el tiempo nos permitan. Por eso, el hecho de haber podido montar el Campo III nos hacen de momento sentirnos muy satisfechos, aunque nos haya obligado a trabajar por delante de las numerosas expediciones que asolan el GII en este año de su cincuenta aniversario. Por el contrario este hecho nos ha permitido elegir la ubicación de nuestras tiendas en los superpoblados campos que nos hemos encontrado a la bajada. Hasta 60 tiendas hemos contado con asombro en el Campo I y probablemente más de 30 en el Campo II. Masificación que contrasta con un altivo, majestuoso y desafiante vecino GI, al que por el momento ninguna expedición ha encaminado sus pasos… Cuando tras montar el campo III comenzamos nuestro descenso, una última mirada de esperanza circula entre nosotros. Ahora es tiempo de descansar, de recuperar fuerzas y de cruzar los dedos esperando esa ventana de buen tiempo que nos permita intentar esa cumbre del GII que ya vemos más cercana. 28/07/2006
LA CIMA DE UN EQUIPO
Los acontecimientos se han precipitado. Jamás pensé, tras muchos años dedicados en cuerpo y alma a la montaña que lloraría tanto al llegar al Campo Base. No cuesta confesarlo y creo que a todos nos ha pasado lo mismo; hemos vivido momentos amargos y muy duros, en los que hemos caminado en el verdadero filo de la sutil línea que separa la vida a uno u otro lado. No queremos ser trágicos, ni morbosos, pero hemos decidido contar la verdad de lo acontecido en estos días de finales de julio del 2006. Es la hora de la verdad. Así pensaba comenzar la crónica con la que contaros que nos íbamos de nuevo para arriba tras un breve periodo de descanso. El buen tiempo y sobre todo una mentalización extraordinaria nos lanzan a todos de nuevo a la montaña sin apenas periodo de recuperación y sin tiempo de poder escribir una breve crónica donde reflejar nuestros sentimientos y estado de ánimo: Es la hora de la verdad, la hora donde es imposible conciliar el sueño, la hora de los interrogantes, de saber cómo nos encontraremos arriba, de si se confirmará la previsión meteorológica, de si todos nos encontraremos bien, de pensar en qué estado estarán las cuerdas que dan acceso al Campo IV, de pensar si hemos sido muy audaces lanzando un ataque a cima desde el Campo III, de recordar mucho, mucho a todos los seres queridos… Con este cúmulo de sensaciones, que amparan la oscuridad de la noche y la soledad de la tienda de todo ochomilista antes del día del ataque a cima, partimos a las once de la noche del día 24 de julio los cuatro primeros miembros del grupo que vamos a intentarlo. Para no alarmar a las familias, ni siquiera hemos avisado que éste es el día señalado. Conscientes de lo que nos jugamos, hemos comentado que sigue el buen tiempo y que volvemos a los campos de altura, a mejorar nuestra aclimatación, y que a lo mejor si nos encontramos fuertes podríamos intentar la cima… Día 25 de julio, día de Santiago, día de fiesta. A las 08.00 hora local, sé que lo hemos conseguido, contemplo extasiado a mi lado las cimas del GI, del Broad Peak, del K2. No hay viento, ni una nube en el horizonte, a mis pies todo el Karakorum. Son momentos mágicos, inenarrables, de alegría, de paz interior; son los instantes del objetivo cumplido. Poco a poco la cima va recibiendo más gente. A las 0930 horas estamos todos, uno a uno, cada uno a su ritmo ha ido cumpliendo su sueño. Compartimos estos minutos con los miembros de una expedición polaca y con tranquilidad vamos haciendo las fotos de rigor. Aunque la hora es magnífica y el tiempo excelente, sabemos que es el momento de iniciar el descenso. Son las 10.00 de la mañana. Rápidamente me lanzo hacia abajo, con cuidado; la pala de acceso a la arista cimera es delicada, es de una inclinación similar a la de nuestro conocido Tubo de la Zapatilla y son muchos los que se han caído en ella fruto del cansancio y de la hipoxia. Desciendo con facilidad; el calor comienza a notarse y me quito el mono de plumas. Continúo bajando y a las 11.30 h estoy en el Campo IV a 7.400 m comenzando a disfrutar lo conseguido. El sonido del walkie rompe el breve periodo de relajación: Mi comandante, Kiko se ha caído y parece que no se puede mover…La voz de Fernando suena tranquila, pero el mensaje que acaba de lanzar al espacio etéreo recorre como un rayo toda la montaña, del Campo IV al Campo Base. En un instante todo ha cambiado. A 7850 metros, nuestro compañero ha caído 150 m rodando por la pendiente helada, hasta que su caída es detenida al suavizarse la pendiente. Dos de los alpinistas polacos con los que compartíamos la cima se encuentran con Fernando e intentan incorporar al herido, sin embargo, parece que en la caída se ha lesionado las cervicales y sufre mareos que le impiden mantenerse en pié. Los polacos hablan entre ellos con nuestra radio y ante la imposibilidad de de moverlo deciden bajar y prestarnos parte del equipo que tienen en el Campo IV. Una corriente de solidaridad ascendente sacude la montaña. A 7700 metros sabemos que la única posibilidad de supervivencia pasa por bajar lo antes posible. Sin embargo, el vivac a esa altura va a ser inevitable. Mientras nuestro Oficial de Enlace y Quique buscan en el Campo Base porteadores de altura y alertan el helicóptero de rescate, me vuelvo a lanzar para arriba con una tienda de campaña, un saco de dormir, dos esterillas aislantes y dos cocinas. Me acompaña uno de los polacos, que es médico pero al que el esfuerzo del ataque a cima le pasa factura. Se da la vuelta a 7500 metros. Cuando llego al lugar del accidente, comprobamos que no sólo parece que exista una lesión de cervicales, sino también, un esguince de tobillo. La mirada que nos lanzamos los tres lo dice todo, no hace falta más, las experiencias compartidas en otros ochomiles nos hace ser plenamente conscientes de la situación y sabemos que el día que ahora muere tenemos que aprovecharlo para recuperarnos los máximo posible, porque el día que se avecina va a ser, sencillamente, vital; o todo o nada. A la mañana siguiente, tras una noche de insomnio y frío, comenzamos los tres el descenso. Tras unos iniciales vacilantes pasos en los que aseguramos a Kiko con cuerdas, vamos ganando unos metros a la vida, en los que él dando muestras de gran resolución, comienza a moverse por sí mismo. Juan Manuel y Jesús han subido al Campo IV, Jorge y Julio al Campo III, Javichu ha permanecido en el Campo III aunque el cuerpo le pida bajar tras el ataque a cima. Todo un equipo se ha movilizado por encima de los 7000 metros exprimiéndose al máximo, rompiendo techos personales y obviando la aclimatación de cada uno. En este instante el afán personal por conseguir la cima ha quedado relegado a un segundo plano. El desgaste al que nos vamos a someter va a ser tremendo. Mientras, el grupo de porteadores de rescate ha salido del Campo Base con el colchón de vacío, el collarín, medicinas…, en el mejor de los casos tardarán dos días en llegar al Campo III. A 7500 metros nos encontramos con Juan Manuel que sube con un botiquín de urgencia. Inyectamos a Kiko un par de medicamentos y continuamos bajando. La llegada al Campo IV supone una primera puerta a la esperanza. El alcanzar el Campo III, el resto de compañeros y a nuestro médico, un verdadero alivio que nos da fuerzas para seguir bajando y pernoctar en el Campo II. Pero es la llegada al Campo Base al día siguiente la que haga explotar toda la tensión vivida. Al salir a la morrena del glaciar, todas las expediciones de españoles que se encuentran aquí se nos van acercando en una muestra de solidaridad y manifestando su preocupación. Apenas oigo sus comentarios envuelto en una nube de irrealidad pero, la voz del jefe de la expedición vasca surge entre todas ellas y oigo que le dice a Kiko: Da las gracias a tus compañeros, tienes el mejor equipo posible. Son los mejores. Recuerdo que en ese momento, estallé. Cte. Alberto Ayora (GMAM)
29/07/2006
DIAS CLAROS EN EL KARAKORUM
28 – 07 – 06 Campo Base.
CRONICA DE UNA ASCENSION
“DIAS CLAROS EN EL KARAKORUM”
Los días que acabamos de vivir creo que los conservaremos todos nítidos y claros como los amaneceres en estas montañas del Karakorum.
La noche del 22 fué, como todas, fría. El nerviosismo en los cuatro de cordada se mascaba, se podía cortar con una navaja. No falta nada en la mochila. No te puedes permitir ese lujo. Va llena de ilusión, de ganas de alcanzar nuestra meta, de fuerza salida del entrenamiento y del apoyo de nuestros amigos y familiares estén donde estén.
A la 1:30 h de la madrugada partimos glaciar arriba. Los nervios desaparecen el instante, quizás aplastados por el peso que aguantan nuestros hombros. De momento no se ven más linternas detrás nuestro. Pronto alcanzamos el principio de la cascada de seracs. Como ya imaginábamos, ha cambiado muchísimo desde que bajamos por ahí hace solo tres días. Nos adelantan Mario y su compañera andaluza. Van hacia cumbre, como nosotros. Están fuertes como rayos y nos marcan perfectamente la ruta.
Cuando llegamos al Campo 1 ya hace un calor agobiante. Intentamos hidratar como podemos y con ello empujar hacia el estómago un par de barritas energéticas que se niegan a pasar de la garganta. El plan es subir a dormir al Campo 2 y tenemos aún mucho día por delante.
Acabamos de cruzar lo que nos queda de plató y antes de emprender las primeras rampas siento un apretón que me obliga a agacharme. Será la última vez que lo haga hasta alcanzar de bajada el Campo Base.
Al rato alcanzo a Fernando que va tocado, igual que yo. El peso de la mochila nos hace hundirnos hasta las rodillas en el agotamiento. La última rampa hasta el Campo 2 se hace eterna. Me salvan la cuerda fija y mi brazo izquierdo.
Cuando llego ya hace dos horas que están allí Alberto y Kiko. Fernando me ha sacado 30 minutos. Completamente desfondado dudo de que al día siguiente mi cuerpo pueda responder a otro esfuerzo similar. Escasamente puedo descalzarme y quedo adormilado sin poder ayudar a mis compañeros a deshacer nieve. En tres horas no soy persona. Tengo que descansar y recuperar fuerzas como sea. ¡Cenar! ¡Cenar! ¡CENAR!.
El día siguiente, 24 de julio, amanece radiante. Tenemos que subir al Campo 3. Cruzamos a buena hora el primer muro vertical y la siguiente zona de grietas. A partir de ahí nos desencordamos pues nuestro ritmo es diferente y la ruta está “bien” asegurada con cuerdas “fijas”. Subo muy despacio, pues, aunque la mochila cada vez pesa menos, la huella es muy vertical y el día de ayer me pasa factura.
Me cruzo con Jordi (Corominas) que baja de hacer cumbre el día anterior: ¿Qué tal por el G IV? ¿Quieres una barrita, un trago, un cigarro?.
En esa media hora, toma fuerzas para afrontar la última rampa que me deja, una hora después de los demás, en el Campo 3 a 7.000 m.
¡Que paisaje! ¡Que bestialidad! El glaciar de Baltoro, las Torres al fondo, el Masherbrum, el Chogolisa,; más allá en la India, el K – 7 y un montón de picos que “mía qui mi sío” como se llaman; A un lado el G – I, al otro el G – IV y encima de nosotros, mil metros más arriba, nuestra ansiada cumbre del G – II.
Ya, después de cenar, llegan Mario y Gina de la cumbre. La han alcanzado desde el Campo 2 y bajan muy cansados. Para mi alegría me pide un cigarro y aprovecho la excusa para acompañarle. Mientras, su compañera se descalza y examina sus maltrechos pies. Mario se sonríe cuando cojo su colilla y la mía y me las meto en el bolsillo. Al poco los vemos desaparecer camino del Campo 2. Fuertes como el vinagre.
Cuando se va el sol desaparecemos todos a nuestras tiendas. Ya está todo preparado para el día decisivo: La mochila con dos litros de agua protegida como se puede para que no se congele, las barritas a mano, las cámaras en su sitio, calentitas.
Enfundados en nuestros monos de plumas, apenas cabemos en el saco hasta la cintura. Más abajo, también dentro del saco, los botines y las manoplas encajadas hasta el hueso del tobillo. Es un duermevela que aprovecho como bebé en el regazo de su madre.
A las 22: 30 h , más o menos, me despierta Alberto y salto como un resorte. Hay que moverse rápido pues la temperatura es bajísima. No quiero saber los grados que hace.
Las primeras rampas sirven para desentumecer los músculos. Enseguida las cuerdas nos estiran hacia el espolón rocoso. Saltan chispas de las puntas delanteras de los crampones. Creo que es mejor que sea de noche para no ver lo que tenemos alrededor.
¿De qué cuerda me agarro? Agradezco que Alberto pase delante. Su linterna a treinta o cuarenta metros por encima de mí y los pequeños tirones que la cuerda sufre de su “jumar”, me marcan cual elegir. Intento siempre estar “agarrado” a más de una.
Por debajo, cerca, veo las linternas de Kiko y Fernando. Vamos bien, jadeando.
Por fin la linterna de Alberto se pierde en un cambio de inclinación. Ha superado el espolón rocoso. Todos lo hacemos al rato. No más cuerdas ponzoñosas.
El Campo 4 se muestra fantasmagórico en la oscuridad. Todos son restos de tiendas y demás enseres abandonados años atrás y que el viento y la nieve se han encargado de deformar a su antojo. Solo una tienda es reciente y está habitada por tres polacos que salen detrás nuestro hacia la cumbre.
¿Cuándo va a amanecer? Tenemos los pies helados. El vaho ha hecho una capa de hielo en todo el contorno de la capucha del mono. La travesía por debajo de la pirámide cimera es, como ya intuíamos larguísima y la huella, ascendente, nos hace ganar desnivel pasito a pasito.
Me siento. No quiero cerrar los ojos. Me adelanta el primer polaco. Unas palmadas de ánimo en mi hombro. No puede parar: Tiene los pies como una piedra.
“No cierres los ojos que te duermes”. Haz una foto. “¡Que no cierres los ojos!”.
Ya amanece. Ahora sí: Hago un par de fotos, bebo, una barrita. No puedo tragarla. Se me hace bola. La visión del amanecer es sobrecogedora. ¡Que planeta!.
Al salir de la travesía nos da el sol en la cara. “¡Ay Lorenzo, que grande que eres!.
Allí está Alberto esperándonos. Nos juntamos los cuatro y nuestros pies vuelven a ser pies.
Nos falta aclimatación. Siempre falta. Dudamos de nuestra elección y de nuestro éxito.
Alberto tira para arriba. La última pala. 300 y pocos metros y es nuestra. Yo sé que si me doy la vuelta no podré volver a subir. Arranco a duras penas y veo que al poco lo hacen Fernando y Kiko.
Apenas puedo enlazar cuatro pasos seguidos. Paro sin dejar de jadear en ningún momento. ¡ No cierres los ojos!. Alguien me empuja hacia arriba. Gracias Pala. Otros cuatro pasitos.
¡Que susto! Para que habré cerrado los ojos.
Alcanzo la última cuerda fija a la vista. La camisa está destrozada. Enrosco su alma de nylon en mi guante y voy tirando hacia arriba. Alberto llega a la arista: “¡Javichu! ¡Cinco minutos a cumbre, ánimo!”.
Sus palabras me dan alas, pero no las puedo mover. Media hora más tarde llego al anclaje. Veo la cumbre y en ella mi amigo, mi Comandante, mueve los brazos. Cien metros de arista. Buena huella. Una cuerda naranja de plástico (de las de tender la ropa) que decido ni tocar. La voy pisando (Miedo). Clavo el piolet hasta más arriba del reloj y poco a poco voy acercándome.
Lo he conseguido. El abrazo con mi amigo es largo, fuerte, como si se lo diera a un montón de gente a la vez. Cuando nos soltamos las lagrimas no me dejan ver con claridad. Una arcada me hace vomitar el último trago que dí. Odio el agua con sales.
Con intervalos de casi media hora hemos llegado los cuatro a la cumbre. Estamos tocados. El paisaje a nuestro alrededor nos abruma. Foto aquí, foto allá. Banderines. Sonrisas, lagrimas. Me olvido de hacerme una foto yo solo, y es que en ningún momento lo he estado. Las 9 horas de ascenso han sido demoledoras, pero nunca he estado solo.
Un gel (que hace menos bola), un trago y a lo más complicado: BAJAR.
Lo hacemos en el mismo orden. A mitad de pala me alcanza Fernando y me adelanta: “Ten cuidado, despacio”.
Poco a poco alcanzamos el falso llano que nos marca el giro a la derecha y el inicio de la travesía. Kiko se ha quedado muy retrasado. Fernando se queda a esperarle y Alberto y yo seguimos descendiendo. El perder altura no me hace alcanzar la lucidez mental que me gustaría. Tengo que para a quitarme el mono pues estoy sudando demasiado.
Alcanzo a Alberto en el Campo 4 y me da la mala noticia. Kiko se ha caído y se ha hecho daño en el cuello y en un tobillo. No se puede mover. Cae sobre mí una losa de desasosiego que como un efecto dominó ha recorrido toda la montaña hasta el Campo Base, vía radio.
Alberto está más lúcido y más fuerte que yo. Su experiencia le hace reaccionar. Los polacos nos dejan una tienda y un saco. Kiko no se puede mover y va a ser inevitable un vivac a 7.700 m.
No puedo dar ni un paso hacia arriba. Impotente, veo como mi compañero va tirando hacia arriba, y bien cargado. Intento empujarle con la mirada, pero es inútil. Me tengo que volver a poner el mono pues me he quedado frío.
Frío y ahora si, solo, arranco hacia abajo. Tengo que llegar al Campo 3. Alcanzo las cuerdas fijas del espolón rocoso. Despacio, acojonado, voy perdiendo altura. Cuando por fin alcanzo la nieve veo que suben Juan Manuel y Jesús.
Ya no van a cumbre. Van a ayudar a Kiko. Medicinas, un saco, … . Los polacos, que bajan muy por delante de mí, no les han dicho ni Pamplona. Les explico lo que le queda hasta el Campo 4 y pregunto que más saben pues yo solo sin radio no hago más que especular sobre la situación. Me informan que Julio y Jorge, nuestro médico, están llegando ya al Campo 3. Quique desde el Campo Base ya ha mandado hacia arriba el colchón de vació y un collarín. El engranaje del grupo está funcionando.
Alcanzo el Campo 3 donde engullo todo el agua que habíamos dejado preparada para los cuatro. Al rato llega Jorge con su “pedazo de botiquín” y su “saber que hacer”. El día del Apostol casi ha dado todo lo de sí que podía dar.
La noche se hecha encima. La temperatura cae en picado. Por encima nuestro sabemos que los únicos que están son Jesús y Juan Manuel en el Campo 4, con una tienda y un saco para los dos y más arriba, a casi 7.700 m, Alberto y Fernando rodean a Kiko con tres monos de plumas y un solo saco. Lo que pasaron esa noche solo lo saben ellos.
Yo, que creía que iba a caer redondo, no puedo dormir. Jorge a mi lado tampoco. La radio, muda, aún crea más dudas. Probablemente la habrán apagado para no gastar más batería de la necesaria.
Poco a poco amanece. ¿Qué estará pasando?. Tengo que fumar. Estoy, estamos, nerviosos.
Para entonces, Juan Manuel ya ha salido hacia donde está nuestro amigo accidentado. Jesús no puede, lo que da muestra del frío que ha pasado.
Kiko parece que puede moverse y va bajando por sí solo, vigilado de cerca por sus dos compañeros de noche. El alegrón es considerable. Y decidimos arrancar a su encuentro. Julio, a su ritmo, parte el primero. Detrás, el médico y yo.
Cuando Kiko alcanza el Campo 4, Jorge decide darse la vuelta y esperarle en el Campo 3. Nunca ha estado tan alto y la prudencia le empuja a hacerlo. Julio queda en mitad del espolón, protegido de la caída de piedras. Sigo hacia arriba con la única idea de coger la mochila de Kiko. Rapelar esas lajas con las botazas y crampones y un esguince en el tobillo va a ser lo peor.
Al verme todos me saludan. Buena señal. Kiko intenta sonreirme y de veras que lo consigue. Siento un alivio por dentro mejor que la sensación de hacer cumbre.
El descenso sigue siendo lento pero sin parar alcanzamos los 7.000 m. El médico por fin puede tratar a su amigo.
Desmontamos lo que queda nuestro y aunque es tarde y la nieve ha transformado por el calor seguimos bajando hacia el Campo 2. Un porteador nos ayuda a bajar material. Algún susto que otro, pues las grietas se abren bajo nuestros pies y a las 17:00 h lo conseguimos. Allí están el collarín y el colchón que Quique había mandado hacia arriba.
Como no cabemos en nuestras dos tiendas, Jesús, Julio y yo, decidimos seguir bajando. Ver que Kiko está mejor, con el médico, nos hace bajar tranquilos. Las conversaciones son más distendidas. Son las 18:30 h. Una sopa, un té y a dormir, está vez sí, como benditos.
El 27 por la mañana volvemos a juntarnos todos bien temprano en el Campo 1. La meta es el Campo Base y hay que partir cuanto antes pues el cambiante glaciar nos acecha con sus tremendas grietas.
Al mediodía estamos en “casa”. Kiko muestra, en su cara de niño malo, una expresión mezcla de alegría y agradecimiento que da gozo verlo.
Las celebraciones esa noche duran hasta altas horas, concretamente hasta las 23:30 h. Alberto, tras cinco años de intentarlo, descorcha la botella de cava de rigor. ¡Se ha conseguido pisar un 8.000 m y bajar para contarlo!.
Esta es mi versión de lo sucedido. Simple y llanamente lo que paso a mi alrededor. Obviamente no puedo saber que pasó donde yo no estaba. Pero lo que sí sé es que el grupo ha funcionado como una piña y me enorgullece decir que todo el mundo ha dado lo mejor de sí mismo, algunos olvidando la oportunidad cercana de hacer cumbre por ayudar a un amigo.
Como decía al principio, nunca olvidaremos esta gran experiencia vivida en el Gasherbrum II a finales de julio de 2006.
Campo Base a 29 de Julio de 2006.
Javier Dumall Puertolas.







